
Corre el año 1099 y Jerusalén, la Ciudad Santa, está en manos de los musulmanes fathimíes egipcios, hasta que el día 15 de julio, tras un largo mes de asedio, los cruzados entraron en la ciudad. En el año 1100, tras la muerte del caballero Godofredo de Bouillon, su hermano Balduino se convierte en el primer rey de Jerusalén y es entonces cuando un grupo de caballeros que habían luchado en la Primera Cruzada deciden permanecer en la ciudad para proteger los santos lugares y a los peregrinos que llegan a ellos. Este es el inicio de la historia de la Orden del Temple.
"NON NOBIS DOMINE, NON NOBIS SED NOMINE, TUO DA GLORIAM”
(Nada para nosotros, Señor, nada para nosotros, sino para la gloria de tu nombre.)

En el año 1118 nueve nobles y devotos caballeros entre los que se encontraban Hugo de Payns, Godofredo de San Omer, Godofredo Bisol, Payen de Montdidier, Jacques de Rossal, Archibaldo de Saint-Amand y André de Montbard, se reunieron en Jerusalén para consagrar sus vidas, su valor y sus armas al servicio de Dios, con el objetivo de proteger los Santos Lugares así como a los peregrinos que los visitaban. Al mismo tiempo profesaron los votos de obediencia, castidad y pobreza. En este momento recibieron el nombre de Orden de los Pobres Caballeros de Cristo.
Con el beneplácito del rey de Jerusalén Balduino I, estos nueve caballeros se establecieron en las caballerizas de la mezquita de Al-Aqsa donde previamente se había ubicado el Templo de Salomón. De ahí proviene el nombre con el que esta orden pasó a la Historia: Los Caballeros Templarios.

Nueve años después, Hugo de Payns, considerado el Primer Maestre, junto con cinco de los fundadores viajan a Europa avalados por el rey de Jerusalén para recabar apoyos entre las monarquías y la nobleza, reclutar nuevos caballeros y recibir la autorización de la jerarquía eclesiástica para la fundación de la orden y para recibir su “regla” de conducta, llamada posteriormente “Regla Latina” basada en la regla de San Benito pero en la que se intenta conciliar la doble vertiente de los miembros, monjes y guerreros. El principio básico de esta regla o código templario es que un caballero del Temple es un soldado de Dios y como tal debe ser humilde, honesto, cortés y honorable, no debe causar daño a ningún ser o criatura por placer o riquezas, y debe estar al servicio de la justicia y la moral: un templario debe ser siempre un ejemplo para los demás. Los templarios cuentan con el apoyo incondicional de Bernardo de Claraval, y es en el Concilio de Troyes en 1128 cuando el papa Honorio II aprueba oficialmente la fundación de esta nueva orden de monjes-guerreros. A su regreso a Tierra Santa, son ya más de 300 caballeros y cuentan entre sus bienes y privilegios con gran cantidad de oro, derecho a limosnas y propiedades cedidas por la iglesia y la nobleza.

Durante los años siguientes la Orden del Temple crece y se consolida, obteniendo privilegios como los resultantes de la bula papal “Omne Datum Optimim” (1139) por la cual los templarios quedan exentos de pagar diezmos e impuestos, podían administrar los botines de guerra y quedaban únicamente bajo la autoridad del Papa. A esto se añade la extremada habilidad de la Orden para administrar sus bienes ya que fueron hábiles economistas (por ejemplo introdujeron el sistema de “la letra de cambio” y se les puede considerar los primeros “banqueros” de la historia). Así mismo financiaron la construcción de iglesias y monasterios, y facilitaron la transmisión del saber y la cultura entre cristianos y musulmanes, hecho éste determinante para el posterior desarrollo del renacimiento europeo.
Grandes Maestres del Temple
Hugo de Payns (1118 – 1136)
Roberto de Croan (1136 - 1146)
Everardo des Barres (1146 – 1149)
Bernardo de Tremelai (1149 - 1153)
Andrés de Montbard (1153 – 1156)
Bertrando de Blanquefort (1156 – 1169)
Felipe de Milly (1169 – 1171)
Odo de St. Amand (1171 - 1179)
Arnoldo de Toroga (1179 – 1184)
Gerardo de Ridfort (1185 – 1189)
Roberto de Sable (1191 – 1193)
Gilberto Erail (1193 - 1200)
Felipe de Plessiez (1201 – 1208)
Guillermo de Chartres (1209 – 1219)
Pedro de Montaigu (1219 – 1230)
Armando de Perigord (1232 – 1244)
Ricardo de Bures (1245 – 1247)
Guillermo de Sonnac (1247 - 1250)
Reinaldo de Vichiers (1250 – 1256)
Tomás Berard (1256 - 1273)
Guillermo de Beaujeu (1273 – 1291)
Teobaldo de Gaudin (1291 - 1293)
Jacques de Molay (1293 - 1314)

Es en el año 1147, en los albores de la segunda Cruzada, cuando el Papa concede a la Orden del Temple la cruz de color rojo en el manto que hoy es reconocida por todos, en el lado izquierdo, “el lado del corazón”. En torno al año 1220 los templarios suman más de 20000 caballeros, castillos, fortalezas, grandes extensiones de terreno e incluso flota propia. Fueron amonestados en varias ocasiones por diferentes papas, especialmente por sus rencillas con los Caballeros Hospitalarios pero su primer gran revés vino dado por la estrepitosa derrota en 1244 con la caída de Jerusalén a manos de Saladino y posteriormente por la derrota de Luis IX de Francia en Egipto.
El fin de los templarios
Temeroso del poder de la Orden del Temple y deseoso de apoderarse de sus bienes (entre otras cosas porque era el principal acreedor y debía a la orden grandes sumas de dinero), el rey Felipe IV el Hermoso de Francia aceptó como ciertas las acusaciones de Esquino Floriano, antiguo confidente expulsado. Aprovechando la falta de apoyo del Papa Clemente V, el rey envía cartas selladas con la orden de arrestar a los caballeros templarios bajo las acusaciones de idolatría, herejía, sodomía y adoración al diablo. El día 13 de octubre de 1307 el Gran Maestre Jacques de Molay es arrestado junto con centenares de caballeros en todos los rincones de Francia y en menor medida en otros paises, siendo sometidos a espeluznantes torturas para arrancar la confesión de sus pecados.
La supresión de la Orden del Temple se hizo efectiva en abril de 1312 en el Concilio de Vienne. Miles de caballeros fueron torturados y ejecutados hasta entonces. El día 18 de Marzo de 1314, Jacques de Molay y otros 3 máximos dirigentes del temple fueron llevados a la hoguera. Cuenta la leyenda que, tras proclamar ante todos su inocencia y la de su Orden, Jacques de Molay maldijo al papa y al rey y les emplazó al juicio de Dios en el año siguiente. Coincidencia o no, ambos fallecieron antes de finalizar ese año.
(Aunque en mi opinión la verdadera maldición fue pasar a la historia como los artífices de la caída de los templarios...)
