
La Orden de los Hermanos Hospitalarios de San Juan fue fundada en el año 1113 con el propósito de atender a los cientos de miles de peregrinos en su camino hacia Tierra Santa. Pronto fue necesario que la orden asumiera tareas defensivas, de manera que poco a poco los caballeros hospitalarios pasaron a ser monjes-guerreros, al igual que los templarios. De hecho, desde muy pronto fueron evidentes las malas relaciones y la rivalidad entre ambas órdenes, e incluso en varias ocasiones fueron amonestados desde Roma por ello.
En 1142 les fue cedida la impresionante fortaleza llamada Krak de los Caballeros, en Trípoli, que mantuvieron inexpugnable incluso ante el invencible Saladino, hasta su caída, en 1271. Tras una breve entrada en Chipre, los hospitalarios arriban a la isla de Rodas en 1307.
Durante su estancia en la isla (1307 a 1522) construyeron una espectacular ciudad medieval fortificada que resistió heróicamente numerosos asedios musulmanes hasta que en 1522 Soleiman el Magnífico conquistó la ciudad tras 6 meses de penalidades.
Estos dos siglos de permanencia en la ciudad de Rodas nos permiten resumir la historia y costumbres de esta orden de caballería.
La Orden estaba dirigida por un Gran Maestre. Se considera Primer Gran Maestre a Pedro Gerardo, también llamado Beato Gerardo, un monje benedictino piadoso y preocupado por la salud de los maltrechos peregrinos cristianos, a los que prestaba asistencia y "hospitalidad". Fue sucedido por Raimundo Duspuy, que fue quien dotó a la orden de su espíritu militar, además de los tres votos religiosos, castidad, obediencia y pobreza. Vestían de color negro con cruz blanca octogonal en el pecho. En Rodas se construyó un gran castillo que albergaba al Gran Maestre al que también se llamaba Príncipe de Rodas, y que serviría a su vez de último refugio a la población de la ciudad en caso de ataque. Este castillo fue destruido totalmente por una fuerte explosión unos siglos después, porque los turcos usaban de polvorín y almacén de munición el edificio adyacente. Pero ha sido minuciosamente reconstruido siguiendo paso a paso los planos medievales que aún se conservan.
Así mismo los caballeros se agruparon en 7 casas en función de sus lenguas natales, Provenza, Auvernia, Francia, Italia, Aragón-Navarra, Inglaterra y Alemania., y se reunían en las casas de la llamada “calle de los caballeros”, que hoy en día sigue en pie como una de las calles más bellas de la ciudad y que alberga diferentes edificios oficiales (consulados, etc)
También construyeron un gran hospital, igual que en otras localizaciones en el camino hacia tierra santa. Este hospital permanece intacto y sus antaño salas para la recuperación de los cruzados y peregrinos enfermos, hoy albergan el museo arqueológico de la ciudad.
Tras el cruel asedio por los turcos, los caballeros supervivientes abandonaron Rodas y permanecieron sin territorio hasta que en 1530 tomaron posesión de la isla de Malta. Por este motivo, actualmente se les conoce como caballeros de la orden de Malta. En esta isla permanecieron más de dos siglos, hasta que fueron expulsados por Napoleón.
Al contrario que los templarios, la orden de los hospitalarios perdura en nuestros días, su sede está en el Vaticano y se dedica a tareas benéficas o humanitarias.
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Hoy quería hablaros de uno de los más célebres alquimistas de la Historia: Nicholas Flamel. Nació en el año 1330 en la ciudad francesa de Pontoise, en el seno de una familia humilde. Aprendió a leer y a escribir de la mano de su padre, copista de profesión, y de los monjes benedictinos, consiguiendo dominar a parte del francés, el latín y el hebreo. Tras comenzar como aprendiz de escribano, comienza a trabajar en el arte de copiar manuscritos, hasta que un día un misterioso anciano entró en su pequeña tienda portando un volumen encuadernado en cobre. Cuenta la leyenda que unos años antes, Flamel había soñado que ese mismo libro estaba en las manos de un ángel, por lo que no duda en comprárselo a su misterioso dueño por el precio de dos guineas. Se trataba al parecer de un antiguo grimorio alquímico llamado Aesch Mezareph, "El libro de las figuras jeroglíficas" perteneciente a Abraham el judío, un alquimista que huyó precipitadamente del país abandonando todas sus pertenencias al haber sido acusado de herejía y condenado a la hoguera. El volumen, que constaba de 21 páginas escritas en papel procedente de fina corteza de árbol, mostraba signos jeroglíficos que Flamel era incapaz de descifrar, además de una maldición en su primera página a todo aquel que osara leer el libro si no fuera sacerdote o escriba. Nicholas Flamel dedicó los siguientes 21 años de su vida, con la ayuda de su esposa Pernelle, a intentar descifrar el significado de los misteriosos símbolos, sin resultado, hasta que, con la ayuda de un anciano rabino conocedor de los secretos de la cábala, Maese Canches, Flamel desentrañó los misterios del misterioso manuscrito.
Cuenta la leyenda que Nicholas Flamel logró los dos sueños que persigue todo alquimista gracias al grimorio: la transmutación de los metales en oro, que le convirtió en un hombre rico y que le permitió donar grandes cantidades de dinero a hospitales e instituciones benéficas, y el elixir de la eterna juventud y la inmortalidad. Aunque aparentemente él y su esposa fallecieron entre 1410 y 1415, existen numerosos testimonios de que ambos fueron reconocidos años y siglos después en lugares lejanos, y el hallazgo de sus tumbas vacías alimentó aún más esta leyenda. Tras su supuesta muerte, su casa y su tienda fueron saqueadas por los ciudadanos, que, sospechando de sus riquezas, buscaban el manuscrito o la piedra filosofal. Aunque al parecer el grimorio pudo ser visto en manos del cardenal Richelieu, dicen las leyendas que aún permanece oculto, enterrado bajo la torre de Saint Jacques, a la espera de ser descubierto... ...un verdadero tesoro!

Hace pocos días que inauguramos nuevo año y hace no demasiados años que inauguramos nuevo milenio. Entonces, en el cambio de 1999 a 2000 proliferaron los mensajes más o menos apocalípticos y quien más quien menos temía al renombrado "efecto 2000". Finalmente todo quedó en agua de borrajas, el "efecto 2000" que suponía el caos y el colapso total a nivel informático nunca llegó a producirse y hoy nadie se acuerda de aquello. La cuestión es que como todos sabéis, la historia siempre se repite: el anterior cambio de milenio fue del 999 al año 1000. Desde unos años antes las teorías del apocalpsis calaban en la población europea. La similitud del 999 con el 666 engordaba los temores, y las peregrinaciones a Tierra Santa se multiplicaron. Los conventos estaban a reventar y muchos pueblos y aldeas costearon la construcción de iglesias y santuarios para purgar los pecados de sus habitantes, muchos de ellos con imágenes sobre el Día del Juicio para recordar a los fieles que el fin estaba cerca. Todo parte de la idea de que Jesús en la cruz dijo las palabras "mil y no más".
Realmente el año 999 no fue un año ni mejor ni peor que los que le precedieron, no hubo grandes catástrofes ni otros acontecimientos destacables que hicieran prever el fin del mundo. La población mundial rondaba los 300 millones y la ciudad más poblada en ese momento era precisamente Córdoba. La situación política europea no estaba especialmente convulsa, ni siquiera habían dado comienzo las cruzadas). Y sin embargo, la nochebuena del año 999 la mayor parte de los habitantes de la cristiandad asistieron temerosos a la misa del gallo para afrontar juntos la llegada del apocalipsis. Narran las crónicas que en la misa del papa Silvestre II la basílica de San Pedro estaba a rebosar de fieles llorosos y horrorizados por la llegada del fin del mundo. De hecho, a éste Papa se le llama también el "papa del año 1000", y su figura, como no podía ser de otra manera dadas las circunstancias, estaba envuelta en un halo de misterio que mezclaba conocimientos de ciencia y alquimia con sospechas de pactos con el mal.
Quién sabe si todo esto volverá a repetirse en el siguiente cambio de milenio, allá por el año 3000 !! :X

Inicialmente sólo aquellos de noble cuna podían convertirse en samuráis, pero pasado el tiempo el privilegio se aplicó a todos aquellos que pertenecieran a una casta guerrera. Los samuráis gozaban de grandes privilegios y de enorme prestigio, que podía trasmitirse de padres a hijos. Sin embargo, ser un buen samurai no era tarea fácil ni mucho menos: estaban sometidos a un severo y estricto código ético llamado "bushido" (se traduce como "la conducta del guerrero") y que era una mezcla de régimen espartano físico y espiritual basado en las teorías del budismo zen. Para un samurai, lo más importante era el honor y la lealtad a su daimyo, y su pérdida sólo podía ser compensada con la muerte. Para un samurai, no había mayor honor que dar la vida heroicamente por su señor. Bien conocida es la forma de suicidio llamada "harakiri", que consistía en hacerse una incisión vertical en el abdomen con su propia arma, y esperar a morir desangrado. En la batalla, era costumbre que un samurai acabara con la vida del otro decapitándole con la katana, no sin antes haber admirado y elogiado el valor del contrincante. Los samuráis, conocedores de la causa probable de muerte, solían quemar incienso en sus cascos, para que al ser decapitados, se extendiera el aroma a su alrededor.
La característica física más llamativa de un samurai, es su vestimenta militar: desde luego todo menos sencillo: ostentosas armaduras de vivísimos colores, fabricadas pieza a pieza de forma artesanal, que aunaban eficacia en combate y estar siempre "a la última moda". Sin duda, la parte más espectacular de su equipo, era el casco, en muchos casos complementado con una máscara: ambos, cuanto más grandes y terroríficos, mejor.
Completan la estampa las espectaculares armas de guerra: la más conocida, la katana, sable de hierro fabricado meticulosamente a base de láminas de hierro superpuestas y alisadas a base de golpes de martillo. La propia katana le servía al samurai para defenderse, por lo que no llevaban escudo. Es la katana su arma más conocida pero no la única, además utilizaban otros tipos de espadas de diferentess longitudes y tamaños, arcos y flechas, y armas similares a las lanzas llamadas "naginata"
El fin de los samuráis fue trágico, como no puede ser de otra manera. En 1871 (siete siglos después!!) los privilegios de su clase fueron abolidos oficialmente por el gobierno de Japón. Ante el deshonor que eso suponía, un ejército rebelde se enfrentó, portando únicamente las armas tradicionales, al occidentalizado ejército japonés, y los samuráis fueron masacrados de forma contundente. Desde entonces, en Japón, los descendientes de aquellos hombres valerosos únicamente gozan del prestigio de aquello que una vez fueron.

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