Llevaba mucho tiempo queriendo escribir sobre este reloj astronómico, que me parece tan fascinante que creo que merece un post propio. Se encuentra en la torre del ayuntamiento de la plaza de la ciudad vieja, y sorprende y deslumbra a los visitantes de la ciudad, que aguardan de pie frente a él para ver el momento en el que da las horas. Fue construido a principios del siglo XV y sigue funcionando como el primer día, gracias a los cuidados que le prodiga el relojero, Otakar Zámecnik, que lo cuida y limpia con mimo cada semana.
Esta foto la hice en mi última visita a Praga:

Como podeis ver en la foto, el reloj está compuesto por dos esferas, la superior en la que están representados los signos del zodiaco, y la inferior en la que está el calendario. Junto a la esfera superior, hay cuatro figuras, a la izquierda son La Vanidad (lleva un espejo) y la Avaricia (es un mercader), y a la derecha, la Muerte (el esqueleto) y la Lujuria (representada por un turco ). El mecanismo es el siguiente: al dar las 12 la Muerte agita un reloj de arena que lleva en su mano izquierda y tira de un cordel para hacer sonar una campanilla. Entonces se abren las dos ventanitas y asoman los 12 apóstoles por ellas.

Estos son dos apóstoles asomando.
Por eso a las 12 del mediodía o de la noche, cientos de personas se agolpan frente al reloj para ver funcionar el reloj. Esta foto está sacada desde lo alto de la torre:

Realmente lo más increíble es la esfera superior: es un complejísimo mecanismo astronómico en el que podemos ver la posición de los astros respecto a la ciudad de Praga.
Como anécdota, en el año 87 se rompió la cuerda de la que tira la muerte y los apóstoles desfilaron como locos durante horas mientras la campanita no dejaba de sonar, hasta que llegó el relojero a arreglar el desastre. :X
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Una de las obsesiones de los alquimistas medievales era la búsqueda de la llamada Piedra Filosofal, una mágica sustancia con increibles propiedades, la más importante de ellas, la capacidad de trasformar metales en oro.
La palabra "elixir" procede de la palabra árabe "al-iksir" y se refiere a esta mágica sustancia, también llamada "elixir de la eterna juventud". Los alquimistas atribuían a la piedra filosofal dos propiedades que la convertían en un preciado tesoro: la trasmutación o capacidad para trasformar un metal no precioso en oro, y la de curar todo tipo de enfermedades hasta el punto de otorgar el don de la inmortalidad a su poseedor. Se basaban en la creencia de que todos los metales estaban formados por una "fórmula", en la que solamente variaba la cantidad y la proporción de sus diferentes componentes, es decir, que no existían los metales puros. Partiendo de esta base, pensaban que un metal podría trasformarse en otro modificando su composición, los metales más apropiados para ello eran el mercurio y el azufre. El mayor problema era que para poder fabricar oro se requerían grandes cantidades del metal inicial, por ejemplo, Ramón Llull, alquimista del siglo XIII, decía que usando la sustancia mágica sobre mil onzas de mercurio se conseguía una onza de polvo rojo, que a su vez servía para trasformar mil onzas de mercurio en una onza de medicina que su vez servía para trasformar mil onzas de mercurio en oro.
Otra de las propiedades atribuidas a la Piedra Filosofal era la capacidad de curación de enfermedades, en parte también por las propias características del oro, que se consideraba curativo ya que es un metal que no se oxida, y eso se extendía a que que el cuerpo mortal en contacto con esta mágica sustancia no enfermaría ni degeneraría. Incluso algunos alquimistas abogaban por las propiedades curativas del ¡¡oro líquido bebido!!
El poseer la Piedra Filosofal, de todas formas, tampoco era garantía de felicidad absoluta, ya que su uso abusivo por avaricia o codicia podía ir trasformando lentamente y de forma imperceptible a su dueño en ... oro! lo cual no debe ser nada bueno: recordad la historia del Rey Midas!
Posteriormente la alquimia sentó las bases de la química... no en vano la propia palabra "quimica" deriva de aquí: "Al-quimiya".
Esta es la historia de un rey legendario, de valerosos caballeros, magia, honor, amor y traición: la leyenda del Rey Arturo, Camelot y sus Caballeros de la Mesa Redonda.

Cuenta la leyenda que el rey Uther de Bretaña se enamoró perdidamente de Igrayne, esposa de uno de sus enemigo, el duque de Cornwall. Para conseguir su amor, solicitó la ayuda del mago Merlín, que con sus artes mágicas trasformó al monarca en el doble del duque, de manera que fuera reconocido por la bella dama como su legítimo esposo. A cambio, Merlín pide que se le entregue el hijo que va a ser concebido en esta unión: Arturo. La noche de su nacimiento, el mago Merlín acude a los aposentos de Igrayn y toma al bebé para entregarlo al cuidado de Lord Hector, un noble vasallo del rey, que lo cría y educa como si fuera su propio hijo.
Pasaron los años. Con la muerte del rey Uther sin descendencia las luchas e intrigas de los nobles y señores feudales por el trono eran constantes. Bretaña necesitaba un rey, y debía ser elegido por mediación de un milagro divino. Una mañana, los nobles y caballeros encontraron a las puertas de la ciudad una gran piedra de mármol de cuyo centro salía la empuñadura de una espada con la inscripción siguiente: "Aquel que fuera capaz de arrancarme de este sitio será por derecho de nacimiento rey de toda Bretaña". Todos los esfuerzos de los allí presentes fueron en vano.
Arturo contaba con 16 años cuando una casualidad cambió su destino para siempre. Participaba junto a Lord Hector en un prestigioso torneo y al darse cuenta de que había olvidado su arma, vio la empuñadura de la espada mágica. Sin pensárselo dos veces, tiró de ella y sin ningún esfuerzo sacó la espada de su mágico lugar ante el asombro de los presentes. Tenían ante sus ojos al nuevo rey, y su verdadera ascendencia fue revelada a todos por Merlín.
El rey Arturo fue un monarca justo en tiempos de paz y valeroso en la guerra. Junto a los Caballeros de la Mesa Redonda emprendieron la búsqueda del Santo Grial y se narraban fabulosas aventuras y hazañas de tan audaces caballeros. La legendaria mesa redonda evitaba la jerarquía entre los caballeros al carecer de una cabecera: todos eran iguales en rango, valor y prestigio.
Parece una paradoja que fuera precisamente una historia de amor la que desencadenara el fin de la orden de los caballeros de la mesa redonda y de su rey. Enamorado de Ginebra, la bellísima hija del rey Leodegán, Arturo encarga a Sir Lancelot que acompañe y escolte a la dama en su viaje hasta Camelot para los esponsales. Pero sucede algo inesperado: ambos se enamoran, y a pesar de sus desesperados intentos para evitar la traición a su rey, al que ambos aman y respetan, finalmente el amor puede más que la cordura.
Cuenta la leyenda que Morgana, la hermanastra de Arturo, llevada por el rencor hacia Ginebra porque ésta había ordenado expulsar a su amante de Camelot, planeó una terrible venganza. Conocedora de las artes mágicas, muchas de ellas aprendidas del mago Merlín, embrujó al rey para concebir con él un hijo: Mordred. El rey, al ser consciente de lo sucedido, ordenó matar al bebé, pero Morgana consiguió ponerle a salvo y lo entregó al cuidado de su tía Morgause. Años después, Mordred regresó a Camelot para entrar al servicio de su padre. Lleno de ira y de rencor, Mordred se convierte en la pieza principal de la traición al Rey Arturo. Al enterarse de la relación entre Ginebra y Lancelot, la hace pública, obligando a Arturo a condenar a su esposa a la pena de muerte, pero Lancelot rescata a la reina y ambos huyen a Francia para salvar sus vidas. El rey y los demás caballeros acuden en su búsqueda, dejando el reino en manos del traidor, que proclama la muerte de Arturo y se autocorona nuevo rey. Al regreso de los caballeros, ambos se enfrentan en la batalla de Camlann, en la que Mordred, herido de muerte por la lanza de su padre, consigue alcanzarle y producirle a su vez una herida mortal.
Según la leyenda, fue la propia Morgana junto con otras hadas la que acompañó el cuerpo de Arturo en una embarcación hasta las orillas de Avalon, a la espera de que llegue el momento de que recupere su espada Excalibur y regrese nuevamente como rey de Inglaterra.
Hoy he escuchado en las noticias que este curso 2008 el 53% de las universitarias son mujeres. Y casualmente ha llegado a mis manos un libro sobre una mujer, Augusta Klumpke, que quiso ser médico en pleno siglo XIX cuando las facultades de medicina estaban vetadas de forma rotunda a las mujeres. Revisando un poco el tema, he encontrado cosas realmente interesantes.
Muchas mujeres han pasado a la historia por sus aportaciones a la Medicina desde la antigüedad, pero siempre fuera de las universidades, con riesgo de ser acusadas de brujería o de curanderismo. La mayoría de ellas se dedicaban a la obstetricia (las llamadas "parteras") como Aspasia de Miletus o Trótula de Salerno, otras intentaron practicar la medicina clínica y la cirugía, como Jacoba Felicie de Florencia (siglo XI) o pasaron a la historia por tratados médicos dignos del mismísimo Galeno como la abadesa Hildegard de Bingen (siglo XII). Pero tenemos que esperar hasta mediados del siglo XIX para ver a la primera mujer licenciada como médico: fue Elisabeth Blackwell, su vocación nació durante la visita a una amiga gravemente enferma que no había acudido a los médicos por vergüenza, y que la convenció de que era necesario que las mujeres pudieran practicar también la medicina. Elizabeth peregrinó por sucesivas universidades intentando matricularse hasta que su tesón se vio recompensado, y se licenció en el año 1849 en la Geneva Medical College de Nueva York. Desgraciadamente no pudo conseguir trabajo en ningún hospital, y después de penosos viajes y de una grave enfermedad, fundó en su país un hospital con personal sanitario femenino.
Un caso interesante es el del doctor Barry, licenciado en Medicina en Edimburgo en 1812, y que ejerció como perfecto cirujano de la armada durante 50 años. Al morir, los médicos encargados de su autopsia quedaron estupefactos: el doctor Barry era una mujer! No fueron capaces de superar su perplejidad y le enterraron como hombre...
Y pasemos a Augusta Klumpke, la protagonista de uno de los capítulos del libro que me ha hecho escribir sobre esto: ha pasado a la historia por ser la primera mujer en dar su nombre a una enfermedad neurológica. Al ver las aptitudes de Augusta para la ciencia, su madre, una mujer al parecer "de armas tomar" y voluntad férrea, se trasladó a París para matricularla en la Facultad de Medicina. Tuvo que enfrentarse con todo el mundo pero nadie fue capaz de evitar que Augusta Klumpke fuera admitida primero en la facultad y después como médico interno del hospital. A pesar de sus méritos como estudiante tuvo que luchar contra viento y marea y se desató una gran polémica que trascendió del nivel médico al social. El tiempo terminó concediendo a Augusta el lugar que le corresponde, pues llegó a ser presidenta de la Sociedad Francesa de Neurología. Aunque la enfermedad por la que se la conoce hoy en día no la hace justicia, se trata de una parálisis de las últimas raíces del plexo braquial, y se llama Parálisis de Dejérine-Klumpke, es decir, que primero se nombra a su marido.
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